Corría tan rápido que el aire de sus pulmones le sabía a fuego. Por un momento sintió ser un dragón. Si ignoraba el dolor de sus piernas, que se esforzaban por alejarle de allí, quizá podría empezar a volar, a dejar el suelo, y huir...
Pero como no era un dragón, y realmente nunca lo había sido, no tardaron en alcanzarle.
-¡Soltadme! -les gritó- ¡soltadme!
-Quitadle la camisa - dijo uno de ellos.
-¿Pero qué hacéis? ¡He dicho que me soltéis, cabrones, hijos de puta!
-Cuida tu lengua - esa voz, reconocible en cualquier parte, que seguía siendo tan fría como el hielo, consiguió congelar sus desesperados aspamientos. - ah, ahí está.
Se la arrancó del cuello, donden la había mantenido durante años. Sabía que la había perdido para siempre, y quiso sentirse triste, pero no pudo. Increíblemente se sentía aliviado, pero no conseguía entender por qué.
-Se acabó. Preocúpate de envejecer como es debido. Soñar, en los tiempos que corren, es un privilegio y tú ya te has beneficiado bastante. Toca despertar, y la resaca será terrible.
Se quedó en silencio unos segundos, en los que el extraño grupo comenzó a alejarse. Entonces se armó de valor y gritó:
-¡No lo necesito! ¿Me oyes? ¡Nunca lo he necesitado! ¡Me iré de aquí y encontraré lo que estaba buscando por mi cuenta! Y lo encontraré -dijo en un susurro.
El lúgrube personaje se detuvo. Giró su cabeza, y sin cambiar el gélido tono de su voz, le contestó:
- Para poder huir, primero es necesario haber estado preso.

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