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Los dragones de Hisberia

Se sabía que  en Hisberia había dragones, de hecho era una de sus señas de identidad. Cada vez que los barcos zarpaban de sus innumerables y prósperos puertos, en los países más allá del mar, los comerciantes se jactaban: 'sí, en Hisberia tenemos dragones. A menudo alguno se come una oveja de algún rebaño, pero nunca nos hemos dedicado a darles caza porque en Hisberia nuestros rebaños son gigantescos'.

Pero cuando los tiempos oscuros llegaron, y las ovejas se convirtieron en un lujo, los dragones, que se habían multiplicado en sus inaccesibles nidos, acostumbrados a tener los mejores bocados que llevarse a sus insaciables fauces, no dudaron en incendiar rediles e incluso atacar pueblos para seguir manteniendo su tradicional nivel de vida. 

Los pobres hisberos comenzaron a organizarse, y cada pueblo creó patrullas para ir a dar muerte a los dragones, que estaban empezando a hacer imposible la vida en las tierras de alrededor. Pero habían sido tantos los años de permisividad en los que los dragones habían campado a sus anchas por los prados y las montañas, sin encontrar la más mínima oposición, que habían memorizado cada rincón, haciéndolos prácticamente intocables. No había nadie que pudiera encontrarlos, y si por casualidad daban con uno, enseguida el repulsivo espécimen se escabullía hacia un nuevo y recóndito lugar en el que ocultarse, pero resurgía cada noche para cazar donde habían cazado siempre: en el fruto del trabajo del pueblo.

Hisberia estaba destinada al desastre, porque nadie recordaba la última vez que había oído hablar de los matadragones (los míticos dragones nobles que atacaban a los miembros malignos de su especie) y todo el mundo temía lo que parecía una certeza: que tales criaturas sólo existen en las leyendas.



El 5º Poder

Entre que he estado en España de viaje exprés y que últimamente gasto el poco tiempo libre que tengo en la pre-producción del corto falso reportaje 'Play it to me' (pero que coolibérrimo que queda decirlo así), tengo el blog algo abandonado. 

No quería dejar pasar la oportunidad de comentar un hecho que ocurrió el otro día, que se veía venir, como la crisis económica o el nombramiento de Leire Pajín como ministra, pero para lo que nadie, como entonces, estaba preparado: la influencia de las redes sociales en la política.

Estamos entrando en una nueva forma de vivir en sociedad para la que las altas esferas no están nada acostumbradas. Un buen ejemplo de este nuevo orden serían las discográficas que, horrorizadas, asisten a la pérdida de sus imperios basados en poder dicidir qué se escucha. No hablaré de la ley Sinde, sobre la que ya se han escrito ríos de caracteres. O de los medios de comunicación de masas, a los que se les descubren prácticas que antes pasaban desapercibidas. Cada caso es un mundo, pero lo que está claro es que los tradicionales canales unidireccionales se están encontrando con un montón de pelotas que vienen de vuelta del campo contrario. Y en muchas ocasiones no saben devolverlas como es debido. Es que, y siguiendo con la metáfora, algunos, como Bisbal, no saben ni agarrar la raqueta.

Todo el mundo está saltando al ruedo de las social media, porque donde hay gente, hay dinero y hay votos, por lo que no podían faltar esos extraños seres que rigen nuestros destinos y que nadie conoce personalmente: los políticos. Gente como tú y como yo que, salvo honrosas excepciones, acabó en política tras fracasar en lo suyo sin renunciar no obstante a llenarse los bolsillos con algo más que el sueldo mínimo. Gente acostumbrada a decir sus verdades como puños, cayera quien cayese.  Gente con una potente maquinaria propagandística que maquillaba cualquier error y exprimía las virtudes hasta la última gota de zumo de hipocresía.  

Pero llegó internet, que está dando voz a los que antes sólo teníamos voto y que está desnudando a los políticos mostrando como realmente son, y oh sorpresa, nos encontramos con que distan mucho de preocuparse por el bien común y sólo lo hacen por el de aerolíneas, concesionarios de alta gama y restaurantes de lujo.

La semana pasada la noticia de que los eurodiputados rechazaban volar en clase turista para seguir haciéndolo en primera, inició una 'batalla' en Twitter en la que el pueblo actuó para defender lo que consideraba justo.  Tras presionar durante horas a los grandes partidos, conseguimos una reacción, que lejos de ser satisfactoria, creo que ha marcado que ha recordado a los políticos que el dinero que gestionan con tanta pasión lo genera el esfuerzo de los ciudadanos de a pie, y a nadie le gusta que se derroche el fruto de su esfuerzo.

Internet es un arma de doble filo. Puede atraer muchos votos, pero nadie da duros a cuatro pesetas. Cada vez más, detrás de cada pantalla, se encuentra gente crítica que por fin tiene el poder de pedir cuentas a sus representantes. Comienza una etapa en la que el político deberá ser político y mentir como no ha sabido mentir nunca, o hacer las cosas bien de una vez y gobernar para todos. Se acabó pactar ruedas de prensa. Ahora las preguntas las hacemos nosotros.

Mr Guille, campaña del PSOE extremeño

Se aproximan elecciones, y los partidos políticos, cuyos departamentos de comunicación no tienen nada que envidiarle a los de las grandes multinacionales (más bien al contrario), empiezan a mostrar su propaganda para atraer los preciados votos que van a pagarles los sueldos durantes los próximos cuatro años.

Logosímbolo de la campaña

Vía @AlvaroT he conocido esta original campaña que el PSOE de Extremadura ha presentado para pedir  de nuevo el voto para el actual presidente, Guillermo Fernández Vara, presentándolo como un superhéroe en una serie de animaciones que irán colgando en la web creada al respecto, con el color rojo del partido por todas partes. ¿Sería más efectivo tener al menos el logosímbolo con los colores de la bandera extremeña?  Aquí tenéis el primer vídeo:


El PP no ha tardado en contraatacar, respondiendo con otro vídeo, 'Change Mr Vara', más pobre en la técnica por la necesidad de tener algo lo antes posible para competir en los mismos canales que el vídeo de Vara, pero con un mensaje mordaz. Contrasta con el de los socialistas en que no usan colores corporativos en ningún momento, y el logosímbolo del partido no tiene un papel protagonista.

 

Internet se ha convertido en un campo de batalla más para arañar votos, donde más que nunca, la originalidad es la clave para destacar. Las campañas electorales 2.0 ya están aquí.