B.S.O.

La puerta se abre, normalmente, porque hay alguien fuera pulsando el botón. Salgo, y siempre hay dos segundos de desorientación en los que dirijo mi mirada al cartel que indica cuál es la salida correcta, por si acaso. Luego todo se vuelve familiar, casi monótono. 

Entoces lo escucho, leve al principio, tan bajo que podría ser el silbante zumbido de los cascos de alguien cercano. Pero no, al atravesar la valla eléctrica, que se abre automáticamente a mi paso, se disipa la duda.



Se encuentra al fondo del pasillo, junto a la misma pared de siempre. A veces es un chino que toca un finísimo instrumento de cuerda. Otras, un guitarrista que lo da todo cantando. Últimamente me cruzo mucho con otro señor que toca el banjo, y las menos, dos chavales que aporrean sus guitarras como auténticos gitanos, haciendo que sus veinte dedos parezcan doscientos.

Adoro ese momento. Avanzar por el medio del pasillo, casi sintiendo las ondas golpeándome en la cara mientras me acerco a la fuente que las produce. Por un momento me encuentro en una película, en el instante en el que la BSO transforma una mediocre escena en esas de buscar en Youtube al día siguiente.

Giro la esquina, aún envuelto en la música. Me pregunto por qué no me he parado a dejar una moneda en la funda del instrumento de turno, o siquiera lanzarla como quien da limosna. ¿Vergüenza? ¿Prisa? No lo sé, pero ya estoy ante las escaleras y empiezo a subirlas. El ajetreo del Paralelo baja a raudales, como si en vez de una boca de metro yo estuviese luchando por atravesar una cascada. A medida que me adentro en la superficie, el ruido, famélico, va devorando las notas una a una, cada vez con más ansia. Para cuando llego a la acera, la melodía sólo existe en mi mente, donde da sus últimos coletazos y se desvanece, mientras los coches pasan medio regodeándose-medio huyendo, como si quisieran enterrar aún más a la víctima que han dejado sangrando en el subsuelo.

Y, de vuelta en una escena de relleno, mi película continúa, esperando a uno de esos personajes que terminen por convertirla en una Obra Maestra.

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