El escaso fuego crepitaba en el fondo del oxidado bidón, iluminando el rincón de la enorme nave abandonada donde se encontraban. Lo único positivo de la
oscuridad que provocaba aquella noche de lluvia era el ruido de las goteras, que al menos amortiguaba los habituales chillidos de las ratas.
- Algún día aprenderán -
dijo el niño, que estaba envuelto en una raída manta tratando de protegerse del frío- me vengaré, juro
por Dios que se arrepentirán de todo lo que me han hecho.
-¿Y qué piensas hacer, hijo mío? - le preguntó su madre, acercando la mano para acariciarle la cabeza, ahora pelada al cero.
-Voy
a conseguir dinero, compraré comida y me haré más fuerte. Pienso crecer
tanto que nadie volverá a tocarme un pelo, ni a empujarme ni a nada. Y
te protegeré de quien haga falta.
-Entonces ya puedo dormir tranquila. - dijo su madre, esbozando una entrañable sonrisa, mientras se recostaba en el duro suelo.
-Y después dominaré el mundo - añadió mirando al fuego.
-¿Y cuál es tu plan, amor mío? - murmuró apunto de dormirse por completo.
-Aún no lo sé, pero tampoco me preocupa mucho.
-Eso es. Deja de preocuparte y vamos a descansar un poco.
Lo
que no le dijo a su madre fue que en el fondo le importaba poco dominar
el mundo, pero ese día había aprendido que cuanto más lejana ves la
meta, más fuerzas se sacan para superar los obstáculos que se te
presentan, y ahora mismo a él se le presentaban unos bastante altos, y esos eran los que le hacían permanecer despierto. Además, ¿ para qué demonios iba a querer él 'dominar el
mundo'? El único mundo que le importaba dormía, y pronto volvería a
hablar en sueños pidiendo clemencia para su inocente marido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario