El cajón de los manteles

Años después, cuando sus herederos abrieran la cómoda, descubrirían con horror cómo la carcoma se había ido comiendo los manteles de fino hilo que con tanto empeño había guardado. Aún se apreciaría entonces que habían sido una obra exquisita, de las que ya no quedaban. Los pedazos que permanecían sanos seguirían pareciendo nuevos, si acaso algo amarillentos, y es que sería tal el celo con el que cuidaría las telas que no las llegaría a usar nunca. Ni una sola vez. Durante toda una vida, 'el cajón de los manteles', estuvo cerrado a cal y canto, esperando para una ocasión lo suficientemente especial que valiera extender tan solo uno de ellos.

Y al final, los únicos seres que habían llegado a disfrutarlos habían sido los gusanos.

No somos aves, pero tampoco estatuas. (Oporto, 2010)

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