Merlín el Encantador fue el título que se le dió a la versión doblada en nuestra lengua de The Sword in the Stone, la última película que salió de la factoría Disney mientras su fundador vivía. Por razones desconocidas o más bien todo lo contrario, llegué ayer al vídeo de la canción que más me gustaba de la película (que en mi infancia no vi mucho, todo hay que decirlo, y que además no tiene muchas más donde elegir).
Quitando las connotaciones que se le puedan dar a esta película y que tanto le recuerda a algunos a la relación Dumbledore -Harry Potter, que yo me niego a ver en ambos casos (por supuesto me refiero a la atracción sexual vejete verde-inocente niño), me encantó recordar esta canción y lo que dice Merlín con el acento sudamericano que ahora en peninsular nos sonaría tan mal:
- el mundo está hecho de contrastes, y sabemos qué es una cosa porque hay un contrario que le da sentido: no entenderíamos qué es 'bueno' sin conocer lo 'malo'.
- intenta enseñar a Arturo, que es un chaval de la Edad Media cuya máxima ambición es ser escudero, que junto al intelecto, la fuerza bruta se queda en nada.
- 'quien no se atreve a intentar, nunca cruzará la mar'
Mucha sabiduría que sólo cuando se ha madurado se puede entender, al igual que le diga lo del helicóptero y el niño no comprenda lo que es. Y llegados a este punto, me pregunto ¿por qué escribo esto? Pues porque nos hacemos mayores, gracias a Dios.
Para terminar con esta sarta de melancólicas obviedades, os dejo otra escena de la película que todavía sigo recordando cada vez que tengo una pila de platos por fregar. Y es que una cosa es que la vida vaya pasando y otra muy distinta que no podamos seguir imaginando que vaya a aparecer un anciano chiflado a sacarnos las castañas del fuego por arte de magia.
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